martes, 22 de marzo de 2011

Japón y la humildad




César Hildebrandt

Semanario "Hildebrandt en sus trece", 18 de marzo de 2011
Un día, orquestadamente, los infiernos radiactivos que se cocinan en las centrales nucleares arderán en un solo hongo colosal y definitivo.

Ese será el momento en que algunos lúcidos intentarán responder a la pregunta que pocos se hacen pero que es la más urgente desde que hace un puñado de miles de años aparecimos, trepados a unos árboles, sobre la faz de la tierra: ¿Por qué somos tan imbéciles?


Sí, es una interrogante que no ha sido absuelta y de la que todos huyen porque su sola formulación agrede el narcisismo criminal de la especie.

¿Así que somos los reyes de la creación, verdad? ¿Los hijos de Dios, no es cierto? ¿Los divinos, sí?

Y hemos creído todo eso. De modo que, en nombre de nuestra superioridad, nos matamos que da gusto desde hace milenios y tratamos a la naturaleza como si fuera extensión del silo excrementicio que usábamos cuando éramos de la caverna.

Yo la verdad es que considero una bendición ser peruano. Porque ser súbdito del Perú nos aleja de la vanidad.

Es cierto. Apenas se nos suben los humos, viene un político y lanza una estupidez dicha con voz engolada. Y entonces aterrizamos.

Apenas nos creemos hijos de la razón, viene la tele y nos demuestra que somos monos armados y alfas dispuestos a toda brutalidad.

Apenas pretendemos sumarnos al Occidente bobo que siente que todo está a sus pies y que los bárbaros son siempre los otros, nos toca la puerta la prensa que omite todo lo que importa, con excepción de la avaricia, y nos recuerda dónde estamos y qué neblina crónica nos envuelve.

En resumen, estamos exonerados de la soberbia.

Hay que ser extremadamente descerebrado para pecar de vanidad en un país en el que PPK es candidato, la señora Keiko tiene éxito, el doctor García dicta cátedra y el equipo del Alianza Atlético está en primera división.

Todo en nuestro país debiera empujarnos a la humildad.

Todo parece puesto para que la arrogancia nos sea ajena y casi punible.

Y, sin embargo, hay quienes se dejan llevar por la tentación y pecan de soberbia. Y dicen que Lima está linda cuando Lima es un caos embarrado. Y dicen que vamos muy bien porque el PBI crece mientras la cultura de la fusión la canta el Grupo Cinco.

Pero son los menos. Son los que, imitando a las élites del dinero, están seguros, en EEUU y Europa, que la civilización es lo mejor que nos pudo suceder.

Miren a Japón: por imitar al Occidente que lo bombardeó y venció puso el 32% de su consumo de energía en manos de centrales nucleares. Y se compró la teoría corporativa de que el planeta depredado no pasa factura, que las fuerzas de la naturaleza son chancay de a 20 comparadas con el ingenio humano y que, en suma, el progreso no sufre interrupciones.

Es el sueño de los monos queriendo dar un golpe de estado en el zoológico. Es el ideal romántico de una piraña que imagina que la dejarán estar en la piscina de los niños.

Lo de Japón no ha sido sólo una tragedia espantosa. Ha sido un mensaje, un aviso de descerraje, una notificación, un memo agnóstico y terráqueo.

Es la roca donde vivimos diciéndole a un país que fabrica cosas y contribuye con ellas al consumo frenético y a la infelicidad mundial: “al final, ¿a quién creías que dominabas?”. Lo de Japón no es un terremoto seguido de un tsunami y una crisis nuclear: es una lección de historia, un posgrado en geología, un recuerdo de nuestro inquilinato parasitario en el planeta que estamos matando.

No es que Japón se lo mereciera. Es que la arbitrariedad, que es la madre del destino, ha querido escogerlo como cruel enseñanza. De lo que no hay duda es de que la naturaleza nos ha dado un portazo y ha decidido demostrarnos qué idiotas somos cuando creemos que las represas, las electricidades, los chips o la velocidad de la información conmoverán una Tierra que se deshiela, se pudre y pierde cada día más ozono y ve morir a sus criaturas más queridas (las plantas y los animales, por supuesto).

Nosotros, los peruanos, no necesitamos un terremoto apocalíptico para recordar qué poca cosa es el hombre y qué necesidad tenemos de ser modestos. Basta con escuchar el nivel de la disputa electoral, poner el ojo en los noticieros y en los diarios, sufrir el tráfico de Lima, padecer al doctor García para que, contritos, nos prosternemos ante el sordo cielo.

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