lunes, 17 de junio de 2013

EL SUEÑO DE HUMALA

Lucía Alvites S.
 “En el caso del Perú, gran parte de la comunidad peruana emigró a EE.UU. en épocas difíciles, de crisis e hiperinflación, que vivió el país en la década de los años 1980. Hoy día ya no vivimos felizmente esa coyuntura… ése puede ser el inicio del sueño peruano” 
Ollanta Humala, Washington, 12 de junio de 2013

 Las recientes declaraciones públicas del presidente Ollanta Humala en Washington, en referencia a un “sueño peruano” en oposición al “sueño americano” que llevó a cerca de un millón de peruanos a dejar el Perú y buscar oportunidades y derechos en el país del norte, resultan muy reveladoras de cuál es exactamente su actitud y su política hacia los más de tres millones de peruanos y peruanas en el exterior.
En primer lugar, revelan un grave desconocimiento de las realidades de estos connacionales emigrados. Al atribuir la emigración peruana al período de crisis política y económica de la década de 1980, repite un mito muy difundido en el sentido común de los sectores más desinformados, pero impresentable para un presidente de la república que se está dirigiendo a un sector importante de sus connacionales. Según cifras oficiales (DIGEMIN, INEI), públicas y conocidas, en esa década emigraron al exterior apenas 47 mil peruanos y peruanas. Es en la década siguiente que llegan a emigrar 500 mil y todavía mucho después, entre el 2000 y el 2010, las décadas de mayor estabilidad y crecimiento económico, que emigran la inmensa mayoría, otros dos millones. Este notable desconocimiento muestra, sobre todo, una dolorosa falta de compromiso sincero de su parte y de quienes lo rodean y asesoran hacia los peruanos en el exterior. El acto de no informarse mínimamente es indicador del grado de preocupación sincera, real, que tiene hacia ellos. Despreocupación que permite comprender el poco compromiso de su gobierno por cumplir promesas electorales públicas como el distrito electoral especial para que los emigrados elijan a sus propios representantes, que en estos mismos momentos encuentra la oposición de la mayoría de los integrantes de la bancada oficialista en el congreso. O la creación de un Viceministerio de comunidades peruanas en el exterior. O de un Fondo presupuestal que re invierta en los emigrados aunque sea un mínimo porcentaje de los 500 millones de dólares que le aportan directamente al estado cada año por el pago IGV de sus remesas. La ley de retorno, única medida que apunta a cumplir estos compromisos y a la que ha hecho también pública alusión en estas declaraciones, deberá todavía medirse por sus resultados. Recuérdese que esta nueva ley reemplaza a una anterior, que en 8 años de vigencia excluyó de sus beneficios al 99,5% de los retornados al país. Para no repetir el implacable fracaso, se necesita un reglamento de la ley que no esté hecho con los criterios tradicionales del Ministerio de Economía y Finanzas, que se ha vuelto experto en presentar el más exitoso crecimiento macroeconómico al mismo tiempo que niegan persistentemente recursos para garantizar los derechos de la ciudadanía. Sus declaraciones en el sentido que el “sueño peruano” se basa en el traspaso de una economía primario exportadora a “apostar por el conocimiento” no pueden menos que sonar irónicas, cuando en el presupuesto actual de la Nación se ha destinado a esa “apuesta” de desarrollo científico tecnológico un 0,20%, es decir, la quinta parte de un 1%, uno de los últimos de la región y uno de los más bajos del mundo. Si a eso se le suma que el salario mínimo del país es también uno de los más bajos de la región y del mundo, puede entenderse por qué, según cifras oficiales, 200 mil peruanos y peruanas abandonan el país cada año en la actualidad, y por qué, según encuestas oficiales (PNUD, SENAJU), la mitad de los jóvenes peruanos tiene la expectativa de irse a vivir a otro país. Soñar es necesario, pero cuando un sueño está tan alejado y aún contrario a las realidades, ¿no merece la pena ser repensado?

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