martes, 9 de julio de 2013

El momento de la ruptura

El punto culminante de la ruptura del presidente Ollanta Humala con la izquierda y los movimientos sociales organizados, no lo van a marcar probablemente sus palabras en la entrevista para el diario El País hace algunos días, ni las respuestas en diversos tonos de los aludidos, sino la convocatoria para el día de mañana de la primera jornada de lucha de los gremios populares contra el actual gobierno, que ha sido precedida por la reactivación del conflicto de Conga y por la dura protesta de los trabajadores estatales que se sienten amenazados por el proyecto de nueva ley del servicio civil. Independientemente de que la protesta peruana todavía esté muy lejos de otras que sacuden al mundo (por ejemplo, la más reciente y significativa en el Brasil del PT), lo que está comenzando es una marcha de indignados propios que como van las cosas sólo puede seguir amplificándose a través del tiempo. Hace un año, Humala retrocedió en su primer intento de imponerse por la fuerza expresada en el gabinete Valdés, y que fue lo que siguió a la salida de la izquierda del gobierno y que costó varias decenas de vidas en una escalada de represión contra los conflictos sociales. Luego sobrevino un período de paz social relativa al que contribuyeron todos como si pensaran en los riesgos de insistir en el esquema anterior. Pero todo indica que estamos llegando nuevamente a un tiempo de viraje, en el que todos los sectores están jalando para su lado, empezando por los grupos económicos que reclaman medidas para recuperar la confianza, los políticos que se están acribillando con acusaciones mutuas la mayor parte de ellas irrefutables, los movimientos de masas que ya se cansaron de las indefiniciones. Así como hubo la guerra de los medios contra la compra de Repsol y el viaje a Venezuela, va a haber contestaciones del otro lado. El punto es si el presidente responde al comité del 4 de julio invitandolo a un desayuno en Palacio para buscar nuevos acuerdos o si intenta ignorarlo o tratarlo con métodos policiales. Ollanta se ha jactado se haberse quedado con las banderas de la justicia social que asegura que sus viejos aliados habrían abandonado. Pero si cree que la justicia se limita a Beca 18, Pensión 65 o Cunamás, va a darse cuenta muy pronto de que esa es una ilusión suicida. Hace tiempo que vengo anotando que las cifras de aprobación que señalan que lo mejor de su gobierno son los programas sociales y las de desaprobación que advierten que lo peor es el incumplimiento de sus promesas, son bastante coherentes. Y es que en que capas medias y altas se aplauden los tiempos de cierta tranquilidad como los vividos hasta hace poco y se piensa que esa es la magia del presidente que ayuda a los muy pobres sin que eso le resulte demasiado caro al sistema. Al otro lado, los sectores medios bajos, bajos y muy bajos, están resentidos por los incumplimientos de cambio y redistribución social. Lo que vemos en el horizonte es que estas percepciones están en camino a confrontarse con la realidad. No hay forma que conflictos tipo Conga, estatales o médicos, rebajen su radicalidad si no hay soluciones concretas. Como que los que han metido la idea de que una gran inversión está esperando que Ollanta se defina, vayan a quedar tranquilos con medidas de postergación. Entonces hay como un momento de opciones fuertes como las que se plantearon entre noviembre-diciembre del 2011. Ahí el esquema de crecimiento con programas sociales, va a resultar totalmente insuficiente, más aún si el crecimiento empieza a debilitarse y los programas sociales no llegan a comprometer grandes recursos. Pero si algo ha demostrado que no es capaz de hacer este gobierno es adelantarse a los acontecimientos. Por eso esa discusión para que los cambios en el gabinete, que parece que se producirán de todos modos, traigan los menores mensajes posibles y que si Castilla se va finalmente, la economia siga en manos del castillismo, que en realidad es lo único duradero en el actual gobierno. 03.07.13 Columna del Director

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