martes, 9 de julio de 2013

El presidente acorralado

  Fritz Du Bois es un gracioso involuntario. Siempre quiere pegarla de dramático como cuando inventó eso de que el mayor error de Ollanta había sido “pensar” en la posibilidad de adquirir los activos de Repsol, lo que le habría traído una “crisis de confianza”. Pero si uno reflexiona sobre el asunto bien podría concluir que lo que más daña la confianza general (no sólo la de los empresarios), es que el presidente confiese que lo que piensa no lo puede hacer porque no lo dejan. Y eso sí, no es nada gracioso. Ayer una encuesta de DATUM, publicada en Perú 21, indica que entre los encuestados un 48% confía poco en el presidente y 33% no confía nada, lo que significa una baja confianza de 81%, muy por encima de la desaprobación a la gestión que alcanza al 54%. Para el gracioso Fritz, estas cifras confirman su subrayada crisis de confianza que en realidad sólo tiene un sentido: que el presidente se someta al pliego de exigencias de la CONFIEP y a las iniciativas del ministro Castilla que repite que si no hacen lo que propone se va de inmediato al puesto que le tiene reservado en el Banco Mundial. O sea la gente dice que no confía en un gobierno que no cumple sus promesas, que es desbordado por la delincuencia, no respeta la palabra empeñada y se le nota la inexperiencia (desagregado de las propias encuestas que Perú 21 no publica), y Du Bois concluye, ya ven eso le pasa por querer salirse de la agenda de los empresarios. Hay confianzas y confianzas. Pero para el exasesor económico del gobierno de Fujimori, sólo vale la de los que reclaman ahora mayor flexibilización laboral y menos impuestos, como si los trabajadores y la caja fiscal tuvieran que pagar por los pensamientos de Humala, a pesar de que de marzo para acá el presidente no ha hecho sino retroceder sin pausa a las presiones de la derecha.
Un dato de la encuesta que por supuesto a Fritz no le dice nada es que el 53% de la población consultada siente que el país está igual que antes. Quiere decir que Humala ganó las elecciones para sumirnos en un continuismo que debe ser muy poco estimulante. Obviamente los que salieron desde el 5 de junio, día de la segunda vuelta, a cortarle las manos y los pies a Humala para que no vaya a ninguna parte (y luego han querido prohibirle hasta el pensamiento), no tienen de qué quejarse del inmovilismo al que apostaron en defensa de los intereses particulares a los que sirven. El tema es si alguien pudiera esperar que haya confianza hacia un presidente que cuando uno recoge opiniones de la calle encuentra que produce vergüenza ajena por su debilidad ante las presiones. Y todavía quieren que ceda más. Después de entregar la cabeza de Nadine, que siga cediendo. ¡Qué graciosos!.

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