miércoles, 24 de julio de 2013

García Belaunde, un discurso excluyente de espaldas al siglo XXI


Lucía Alvites S.
Asesora Despacho Parlamentario Andino Alberto Adrianzén
 Ayer, el Infodiario Otra Mirada publicó un artículo del presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores, congresista Víctor Andrés García Belaunde, titulado “¿Representación parlamentaria en el exterior?” donde el autor ensaya varios argumentos para negarles el derecho constitucional a los peruanos en el exterior a tener sus propios representantes en el Congreso. Analiza cifras de manera antojadiza -citando un informe del MRE- con las que pretende menoscabar la realidad de 3,5 millones de emigrados peruanos, número cuya magnitud es contundente y que no deja lugar a dudas de su importancia. Por ejemplo, sólo en Estados Unidos hay más de 230 mil electores peruanos, en España más de 120 mil y en Argentina más de 100 mil, según datos oficiales de la ONPE. En esta misma línea argumental, García Belaunde mezcla el número de votantes con las cifras de abstención en las elecciones, realidad que, para nuestra interpretación, es justamente una expresión de la baja importancia o identificación que sienten nuestros compatriotas en el exterior con la representatividad política peruana tal como se expresa en estos días, donde son los congresistas por Lima, como lo es justamente el señor García Belaunde, los representantes legales de los peruanos en el exterior. Lamentablemente, dicha representación no ocurre.
Posteriormente el congresista escribe lo siguiente: “¿Y si un congresista roba cable en Suecia? ¿O lava pies en Italia? ¿Cómo se dañan nuestras relaciones con estos países?...” y hace un inadmisible uso de malos ejemplos congresales para oponerse al derecho de los/as peruanos en el exterior a tener sus representantes en el Congreso. Desde esa concepción y análisis, se podría llegar a pensar en la necesidad del cierre del Congreso. Para negar este derecho a los peruanos en el exterior señala cuánto cuesta a los contribuyentes la manutención de despachos de congresistas, pero ignora o silencia que los peruanos en el exterior pagan al Estado, por concepto del impuesto (IGV) a sus remesas, más de 1000 millones de soles anuales, casi 20 veces más que esos costos que tanto le preocupan al congresista, y sin recibir nada a cambio. Y eso, sin mencionar el aporte de sus remesas a la economía peruana, a los indicadores de disminución de la pobreza, y al hecho fundamental de que han aliviado al Estado de tener que garantizarles empleo, salud y educación, que los migrantes se han procurado por ellos mismos en otros países. Su discurso es propio del siglo XIX, egoísta, contrario a la cohesión social que tanta falta hace en el Perú actual. Se pregunta “dónde hace más falta un congresista, si en Amazonas o en Nueva York”, como si una comunidad nacional pudiera construirse destruyendo el bien común para fragmentarse en partes enfrentadas, ciego a la realidad que en estos mismos días nos muestra que el riesgo de la fragmentación y del conflicto son los más graves para el país. No entiende el clamor de la ciudadanía que demanda inclusión, como parte de la corriente que recorre América Latina y el mundo entero en este siglo XXI, que parece destinado a ser el siglo de la inclusión. Necesitamos, urgentemente, reinventar una comunidad nacional de todos, legítima, sustentable, cohesionada, incluyendo a los ahora excluidos, entre ellos, necesariamente, a los peruanos y peruanas en el exterior. Es importante recalcar que la propuesta de representación de los peruanos en el exterior, no es algo que se le haya ocurrido a unos pocos o provenga de un interesado cálculo electoral, está basada plenamente en la Constitución en el derecho ciudadano a “elegir y ser elegidos” que hoy es vulnerado con los ciudadanos peruanos residentes en el exterior que sólo tienen derecho a elegir pero no a ser elegidos. Y si estos derechos son legítimos y legales, ahora, en el siglo XXI, se vuelven también inevitables, debido a la globalización, que hace cada vez más retrógradas las viejas concepciones de comunidad política ancladas en el mero territorio. La globalización como proceso de interconexión de los pueblos, de readecuación de las fronteras, las físicas y las mentales, y de renovación de la democracia y la ciudadanía, es irreversible y creciente, y más vale adaptarse anticipando políticas incluyentes, que encerrarse refractariamente en los moldes ya caducos y excluyentes del siglo XIX, camino suicida para la cohesión social. Con ojos del siglo XIX no pueden verse ni comprenderse las necesidades del siglo XXI.

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