sábado, 10 de agosto de 2013

DETERMINISMO CIENTÍFICO Y GUERRA

 El arte de la guerra napoleónico y la termodinámica
 POR NICOLE SCHUSTER
 “¡Denme un punto de apoyo y moveré el mundo!” 

Arquímedes 
 Desde algunos años circula en Estados Unidos la tesis según la cual el sector militar no sólo se benefició de las nuevas tecnologías promovidas por los avances teóricos realizados por la ciencia, sino que éstos repercutieron en la organización de las armadas y en sus modalidades de combate([1]).

Dado que analicé en varios artículos anteriores la transcripción de los principios de la cibernética y los de la teoría del caos en el arte de la guerra, lo expuesto a continuación se centrará en la era newtoniana y de la termodinámica y en el ejemplo de Napoleón, que analistas militares como Antoine Bousquet([2]) inscriben dentro del paradigma de la termodinámica. Después de hacer una breve reseña de lo que fue la relación entre la ciencia y la guerra en la época griega antigua y clásica, presentaré el rumbo que tomó la ciencia a partir de los tiempos modernos y los principios físicos que se elaboraron durante las eras newtoniana y termodinámica para luego exponer cómo esos principios fueron interpretados y aplicados en el sector militar a nivel táctico. Me empeñaré en mostrar que clasificar en función de ciclos científicos los campos en los que predomina el aspecto humano procede de un enfoque cientista arbitrario. En efecto, ni la vida ni la guerra responden a un determinismo científico habida cuenta que son productos de interrelaciones que se dan a nivel político, económico, cultural, psicológico, entre otros, y en las que el azar juega un rol importante.



 LA COLABORACIÓN CIENCIA Y GUERRA Los orígenes de la aplicación de los principios de la física en el sector de la guerra se sitúan generalmente en la época griega. Se pretende que mientras se desempeñaba como ingeniero militar, el presocrático Tales de Mileto([3]), que era a la vez filósofo, matemático y astrónomo, pudo, en base a su metodología fundamentada en el razonamiento deductivo del cual es el inventor, calcular la distancia que separaba los barcos de las costas así como desviar el curso de un río para evitar que los soldados de Creso tengan que construir un puente de escape. Igualmente, habría previsto un eclipse que influyó en el cese del conflicto entre Lidia y Meda([4]). Algunos siglos más tarde, Arquímedes logró aplicar leyes físicas basadas en la estática en la construcción de impresionantes máquinas que sembraron el pánico entre las tropas romanas durante el sitio de Siracusa([5]). Es muy probable que sin sus sólidos conocimientos en geometría([6]), el sabio griego no hubiera estado en posición de realizar tales obras. Pero es en el periodo conocido como “los Tiempos Modernos” que se sitúa en Occidente el verdadero inicio de la formalización de la colaboración entre ciencia([7]) y guerra. A finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII, mientras el campo de la ciencia estaba marcado principalmente por el pensamiento de Kepler, Galileo y Descartes, el Estado-Nación se hallaba en su fase de despegue. Según el filósofo francés Michel Foucault, fue el momento en que la política se convirtió en la nueva racionalidad gubernamental y el Estado en el eje regulador, teniendo como nuevo principio el respeto del equilibrio de las relaciones de fuerza, tal como lo definió el Tratado de Westfalia([8]). Foucault pretende que esta noción de fuerza se encuentra tanto en la esfera política como de la física por lo que no sorprende que Leibniz fuera luego el teorizador de la fuerza desde una perspectiva histórico-política así como científica([9]). Con la instauración gradual del Estado-Nación, la guerra se nacionalizó y se desplazó de los perímetros feudales controlados por las autoridades señoriales hacia las fronteras del territorio nacional([10]). El prisma agonístico se convirtió en el dispositivo a través del cual se aprehendió la evolución de las relaciones interestatales, las cuales repercutían directamente en la política interna de las naciones europeas, llevando los gobiernos de las naciones europeas a dotarse de un aparato militar orientado a salvaguardar el equilibrio de fuerzas en Europa por medio de la guerra([11]) . LAS REVOLUCIONES CIENTÍFICAS Y SUS REPERCUSIONES EN LA TÁCTICA DE GUERRA LA ERA NEWTONIANA El advenimiento de los Tiempos modernos no ocurre con Newton, sino que se plasma en el legado de hombres como Guillermo de Ockham, quien abre en el siglo XIV el camino al positivismo, introduciendo la ruptura entre el conocimiento práctico y el conocimiento teórico([12]), entre el conocimiento abstracto y el conocimiento intuitivo([13]). El giro positivista que tomó desde entonces la ciencia corresponde por lo tanto a un profundo cambio de mentalidad en cuanto a la visualización del mundo. Aun si no se refutaba su existencia, Dios ya no aparecía como el protagonista único en el sistema que regía el movimiento de los planetas y la tierra. Su intermediación directa y exclusiva en la comprensión que el hombre tenía de su propio rol en la tierra y para con lo celeste se vio progresivamente eclipsada por la política y la ciencia. En la misma época, la visión cuantitativa de Platón de un mundo estructurado por las matemáticas, que revelarían el funcionamiento del universo, ganó de nuevo en importancia y empezó a hacer tambalear los principios cualitativos aristotélicos. La matemática se convirtió en el instrumento predominante para medir y calcular los fenómenos terrestres y celestes, mientras que una rama de la mecánica, la dinámica, monopolizó la mayoría de los esfuerzos de investigación. En este sentido, la “Revolución matemática”([14]) que vino de Italia hacia 1620 y el surgimiento de numerosos sabios italianos como Tartaglia, Cardan, Benedetti, y luego Torricelli, expresaron muy bien el espíritu del tiempo, por cuanto coadyuvaron en la racionalización, vía el cálculo matemático, de las leyes que gobernaban la balística naciente. Para que esta última se constituyese en una nueva ciencia, fue necesario un alejamiento gradual de la concepción errónea que Aristóteles tenía del movimiento([15]), la cual había regido los principios de la mecánica durante toda la edad medieval. La correlación entre física terrestre y física celeste([16]), que hombres como Copérnico, Kepler, Galileo, Gassendi, Descartes, habían tratado de demostrar a través de leyes físicas, fue finalmente formulada por Newton a través de la ley de la gravitación universal. Asimismo, la noción de masa estudiada por Newton, que considera la velocidad en la definición de la fuerza, permitió al matemático elaborar el concepto de “centro de gravedad”. Con ello, Newton reveló la existencia de un punto de convergencia de las fuerzas en la masa que le da a ésta su equilibrio, mientras brindó a los jefes de la guerra un elemento clave para la elaboración de su estrategia operacional. Con esta “primera revolución científica” se abrieron las puertas de una lógica mecanicista y lineal implacables, en virtud de la cual se sedimentaron algunos axiomas como: cada efecto tiene su causa; el todo es igual a la suma de las partes individuales; y la ley de la reversibilidad excluye todo tipo de imprevisión([17]). El reloj se transformó en el símbolo de esa era de movimientos regulares, inexorables y previsibles, y su ritmo en el parámetro que los decidores políticos y empleadores, en su afán de rentabilizar el rendimiento humano, lograron instaurar en la vida cotidiana de los individuos([18]). En otras palabras, los principios de la física mecánica newtoniana impregnaron el pensamiento científico, político, económico, militar y socio-cultural de los siglos siguientes. Se puede afirmar que, hasta el día de hoy, la mecánica clásica dejó sus huellas a través de un determinismo que caracteriza todavía la manera de razonar de muchos sectores de la sociedad. APLICACIÓN DE LOS PRINCIPIOS NEWTONIANOS EN LA GUERRA El impacto que la Revolución científica newtoniana tuvo en el sector militar se tradujo en la introducción de máquinas pesadas y la formación de armadas masivas organizadas de modo que se manténgase el equilibrio numérico de las fuerzas. Los dos personajes que son normalmente erigidos como modelo de la guerra lineal de carácter newtoniano se encuentran en las personas del prusiano Federico el Grande de Prusia y de su émulo, el Mariscal Mauricio de Sajonia, que sirvió en la Armada francesa([19]). Aplicaron de manera extrema en la táctica de guerra las leyes newtonianas del mecanismo del movimiento y, en el caso de Federico el Grande, de la fuerza ejercida como masa. Como lo nota Michel Foucault, a partir del siglo XVII se implanta en Europa, dentro del proyecto naciente de biopolítica, un sistema de disciplina que busca domesticar el cuerpo del hombre a través de un control estricto de sus fuerzas a fin de rentabilizarlas en base a una relación docilidad-utilidad([20]). A ello se sumó el axioma según el cual «el tiempo pertenece a Dios y no puede ser desgastado»([21]). Este sistema disciplinario, que se esbozó en los conventos y establecimientos religiosos educativos siglos antes, se tradujo a nivel de las Armadas por una racionalización de los movimientos tácticos, que se ejecutaban con la precisión matemática de un reloj, así como por la sumisión de los soldados organizados en líneas (las columnas estaban en proceso de ser introducidas) a un entrenamiento sistemático muy duro y a una cadencia difícil de emular([22]). El movimiento rítmico de las tropas no tenía motor propio, sino que era monitoreado por el comandante, quien ordenaba y decidía cada paso, excluyendo así toda capacidad de maniobra autónoma de las Armadas. Esta forma rígida de combatir fue luego sujeta a grandes cambios, gracias particularmente a la comprensión que tenía Napoleón de la guerra y a las circunstancias histórico-sociales que permitieron a éste realizar una revolución en la organización de lo que hoy se denomina “estrategia operacional”. LA ERA TERMODINÁMICA La era Newtoniana había contribuido a la abstracción y sistematización de los principios físicos que gobiernan el movimiento, convirtiendo el reloj y su mecanismo en su símbolo supremo. A ello se aunaron las tentativas de Newton de racionalizar las experiencias que realizó en materia de energía térmica, básicamente aquellas relativas a la transferencia de calor en medios dados. Esas investigaciones, que desembocaron en la Ley del enfriamiento de Newton, constituyeron un aporte importante a la fabricación de la máquina a vapor. Esta etapa echó las bases para que la fase ulterior del desarrollo científico, la termodinámica, pueda emanciparse de la tracción manual, animal, del viento o del agua, así como de la dependencia geográfica (cercanía a los ríos, al campo y, en consecuencia, distanciamiento de las ciudades), que las técnicas tradicionales de producción de fuerza motriz implicaban. Esta emancipación se materializó a través de la fabricación de un nuevo modo de propulsión autónomo, el motor. De esa manera, este último suplantó al reloj en tanto símbolo y fue erigido en la metáfora del nuevo periodo científico que se abría. Las investigaciones en materia de motores a vapor eran, en una primera etapa, destinadas a satisfacer los requerimientos de los sectores minero, metalúrgico y textil. Pero es sobre todo a partir del siglo XIX que el motor a vapor encontró sus esferas de aplicación privilegiadas cuando se orientó hacia los sectores ferroviario, marítimo y naval([23]). En este sentido, la era termodinámica se presenta realmente como la ciencia ingenieríl, así como lo aseveraba el físico Ilya Prigogine([24]). La era termodinámica se asimila a la conversión de la energía en fuerza propulsora, con el calor como agente motor. Fue Benjamín Thompson (1753-1814), conde de Rumford, quien equiparó trabajo y calor. Como lo señalamos, la ciencia y el sector militar ya eran dos campos estrechamente entremezclados, por lo tanto no resulta sorprendente que Thompson haya sido el administrador en jefe de la Armada de Baviera, responsable de la supervisión de los cañones, y que el examen que hizo del estado de los tubos de cañones después de que dispararan le haya conducido a formular la equivalencia entre calor y trabajo([25]). Es sin embargo en James Prescott Joule (1818-1889) que recayó el mérito de exponer la relación cuantitativa entre unidades de calor y unidades de trabajo([26]). La primera fase de la termodinámica se basaba en el fundamento que, en un sistema cerrado, la energía siempre se conserva y las únicas transformaciones que pueden intervenir se manifiestan bajo la forma de la conversión de la energía en otra forma de energía. Pero el equilibrio queda constante. No hay fricciones perturbadoras que alteren el mecanismo global de la producción de energía. Como decía en la segunda parte del siglo XVIII el supuestamente primer químico francés, Antoine Lavoisier: “nada se pierde, nada se crea, todo se transforma”. Aquí podemos notar una cierta continuidad en relación con la mecánica newtoniana que, si bien tomaba en cuenta en el movimiento de los proyectiles el concepto de “resistencia”, presentaba a ésta como previsible y sujeta a cálculos precisos. Por ejemplo, Newton estableció que la resistencia en el movimiento uniforme de los proyectiles era proporcional a la velocidad([27]). Dentro de sus consideraciones sobre la resistencia, empleaba en lugar de “fricción” el término “ruido”, el cual visualizaba como un fenómeno inocuo, ya que en el marco de su esquema el “ruido” no hacía variar el mecanismo global del movimiento([28]). Es evidente que el minimizar el efecto de resistencia en la producción de energía motriz significaba ignorar toda forma de oposición y contingencia que llevaría a lo imprevisible. En el siglo XIX, la sensación de “certidumbre”, que derivaba del carácter lineal y determinista del sistema newtoniano y de la primera fase de la termodinámica, fue perdiendo vigencia. Se debió a que el ingeniero francés, Sadi Carnot, descubriera en los años 1820 los elementos que sustentaban lo que se denominó “segunda ley de la termodinámica” cuando se formalizó cuarenta años después. Este segundo principio de la termodinámica establece que, en un sistema cerrado, el volumen de energía utilizable decrece debido a las fricciones inherentes al mecanismo interno y/o a la non-uniformidad de los parámetros en el sistema, que son la densidad de las partículas, la temperatura y la presión([29]). Se denomina “entropía” la medida de este fenómeno de disipación de energía([30]). Con su corolario, la flecha del tiempo, que indica la irreversibilidad, la entropía apunta, desde el punto de vista de la representación imaginativa, hacia una desorganización e incluso una desestructuración del sistema([31]). Se desmoronó entonces el reino de la reversibilidad y del reduccionismo, donde el todo es igual a la suma de las partes individuales. La creación de un cierto desorden resultante de la entropía reveló que el modelo newtoniano basado en la regularidad y el determinismo ya no correspondía a la realidad, incitando a la no-linealidad y su corolario, la “probabilidad”, a hacer su ingreso al campo de la ciencia. ¿ES EL ARTE DE LA GUERRA NAPOLEÓNICO LA METÁFORA DE UN PARADIGMA CIENTÍFICO? El transponer los principios newtonianos en el plano militar significaba no hacer intervenir la noción de fricción en el teatro de guerra e implicaba que la progresión de la operación militar no podía ser desviada de su plan inicial. Ello se reflejaba en la práctica a través de una táctica inflexible así como de una composición y un movimiento rígido de las tropas que ningún elemento exterior podía perturbar, un aspecto por el cual Federico el Grande fue acerbamente criticado([32]). En esas circunstancias, la emergencia de factores exteriores no previstos provocaba el desmantelamiento de todo el operativo, sujeto al caos. Para Jomini, Napoleón no hacía otra cosa que aplicar mejor que otros los eternos principios de la guerra y, tanto en sus campañas como en las de Federico de Prusia, prevalecía la aplicación de axiomas newtonianos([33]). Por su lado, Bousquet señala que los principios de la termodinámica insuflaron al sector militar una nueva dinámica y que Napoleón respondía perfectamente a este nuevo paradigma. Pone de relieve las semejanzas que existen entre el proceso de descentralización promovido por la termodinámica a través de la introducción de un motor que permite la auto-generación de energía y aquel suscitado por Napoleón dentro de su Ejército luego de fomentar la descentralización en la organización de su ejército mediante la formación de batallones, tal como lo había preconizado ya en 1770 (pero no puesto en la práctica) el militar francés Jacques Antoine, Conde de Guibert. En efecto, Napoleón articuló de manera eficiente las diferentes maniobras gracias a los ataques frontales y en los flancos lanzados contra la armada adversa, conservando así su libertad de acción frente al enemigo. Es en base a esas maniobras ofensivas, que generaban un punto débil en la armada adversa, que se lograba dislocar al enemigo y aniquilarlo. Ello se realizó gracias a la creación de divisiones autónomas, favoreciendo la emergencia de “líderes naturales” y aplicando en su táctica de guerra los preceptos de Sun Tsu, que son la sorpresa, la velocidad, y la concentración. Es decir que se promovían jefes jóvenes desde el interior de las tropas, un proceso de democratización que provenía de la Revolución francesa. Según Bousquet, se puede hablar del reforzamiento de la capacidad de combatividad de los soldados gracias a la dosis de patriotismo y de orgullo nacional que Napoleón inyectó a sus tropas, dosis dinamizante que Bousquet equipara a la energía, vista ésta como un pilar de la termodinámica. Es decir, según el raciocinio de Bousquet, que la exaltación nacionalista que animaba las tropas napoleónicas se asemejaba a una especie de energía casi metafísica, que se metamorfoseaba en fuerza guerrera y que contribuía en influir directamente en el movimiento de la Historia, en el destino histórico del país. En otros términos, se asimila las fuerzas liberadas que avivaron el ideal nacionalista y revolucionario de las tropas napoleónicas a la transformación de la energía en movimiento mecánico, tal como ocurre en la termodinámica. Aludiendo a esta energía que servía de propulsor a la capacidad combativa de las tropas napoleónicas, Bousquet señala que, hasta el momento en que fuera decepcionado por la actitud de Napoleón, Hegel veía en él el “espíritu del mundo” y la encarnación del “motor de la historia”([34]). Analizando a Clausewitz, quien estudió de cerca el estilo de guerra de Napoleón, Beyerchen([35]) indica que, para el estratega alemán, las guerras son sistemas en los que mucha energía se desgasta. Merman al hombre, su moral y recursos. Como vemos, Beyerchen traza explícitamente un paralelo entre los principios de la termodinámica y el pensamiento analítico de Clausewitz. El capítulo VII del libro I de De la Guerra de Clausewitz, parece darle la razón a Beyerchen, dado que de ello se desglosa que el estratega alemán estaba al tanto de los avances en materia de termodinámica. Toma de la terminología de la termodinámica la noción de “fricción” y plantea que “la fricción es la única concepción que de un modo bastante general corresponde a lo que distingue la guerra real de la guerra sobre el papel”. Añade: “Esta terrible fricción, que no se halla concentrada, como en la mecánica, en unos pocos puntos, aparece por lo tanto en todas partes en contacto con el azar, y produce así incidentes casi imposibles de prever, justamente porque corresponden en gran medida al azar”. Para Clausewitz, Napoleón era uno de los únicos en lograr interpretar las fricciones y aprovecharse de ellas([36]). Esas contingencias, que pueden arruinar cualquier estrategia planificada en cada detalle, fueron entonces tomadas en consideración por el Emperador a fin de poder superarlas y tener así la ventaja sobre el adversario al estar en posición de controlar la situación. En otras palabras, pronosticar la injerencia de agentes no previstos para dominarlos permite a un Comandante conservar su libertad de acción, un imperativo fundamental en la guerra, y orientar de esa manera el curso de la batalla en beneficio suyo. NAPOLEÓN ENTRE DOS FUEGOS PARADIGMÁTICOS Si las acciones de los jefes históricos de la guerra se analizarían exclusivamente en función de principios científicos, uno podría aventurarse a objetar que Napoleón no pertenece ni a la era newtoniania, ni a la termodinámica, sino a la de la teoría del caos. En su libro The 33 strategies of war, Robert Greene([37]) narra que Friedrich Ludwig, Príncipe de Hohenlohe-Ingelfingen([38]), que había servido bajo Federico el Grande([39]), había estudiado a Napoleón durante años y estaba desesperado por combatirlo y asestarle el máximo golpe de su vida. Su estrategia: recurrir a la famosa formación en orden oblicuo que Federico el Grande había ideado décadas antes y que se repitió en varias campañas. En Octubre 1806, cerca de la ciudad alemana de Jena, Hohenlohe finalmente encontró a Napoleón. Todo estaba listo del lado prusiano: tambores para marcar la cadencia y soldados alineados como robots bien adiestrados. Pero se enfrentaron a una armada napoleónica totalmente indisciplinada, dispersa, con franco-tiradores en los techos, cada soldado actuando de forma totalmente autónoma con una velocidad asombrosa, contribuyendo a romper las formaciones prusianas. En un momento totalmente inesperado, amplios conjuntos de soldados napoleónicos surgían de la nada para envolver a la armada de Hohenlohe. Este último no había entendido la práctica descentralizada de Napoleón. Peor aún: incapaz de adaptarse a las circunstancias, persistía en ordenar a sus tropas efectuar las series de movimientos retrógradas y obsoletas que en nada ayudaban frente al orden en el caos de Napoleón. Los prusianos perdieron la batalla de Jena([40]). Esta descripción corrobora lo planteado por el Mayor Mark T. Calhoun([41]) de la US Army. Calhoun afirma por ejemplo que los cambios introducidos por Napoleón en sus tropas provienen de su capacidad de pensar la guerra en términos que hoy pertenecen a la teoría del caos. Por ejemplo, el Emperador era consciente que los campos de batalla ofrecían un nivel de complejidad elevado, pero que ésta y la incertidumbre que deriva de ella podían ser aprovechadas e incorporadas en la guerra a través de maniobras lideradas por agentes de cambio que desestructuralizarían el plan del enemigo. Esos agentes de cambio se encontraban, según Calhoun, en la persona de los Mariscales, una función creada por Napoleón, quienes orientaban “de manera consciente el proceso de auto-organización hacia modelos nuevos o más adaptables de relaciones y comportamientos”([42]). La capacidad de adaptación, la astucia, la sorpresa, son los elementos claves que dominaban sus Mariscales. Gracias a esas cualidades, estaban en posición de precipitar la situación “al borde del caos” a fin de poder llevar a cabo la maniobra del “desbordamiento”([43]) y ganar la batalla decisiva. Si retomamos la terminología propia a la teoría del caos, podríamos decir que la progresión evolutiva de este tipo de procesos complejos hace que emerjan otras estructuras promovidas por agentes de cambio. A partir de los sistemas complejos se desata un proceso interno dinámico que lleva a que elementos/interacciones no previstos puedan modificar una estructura en su integridad. En el caso de Napoleón, el pensar la complejidad, la emergencia y las probabilidades que dominan el teatro de guerra e incorporarlas en la conducta de la guerra fue posibilitado por el proceso de descentralización y de división de la Armada en batallones([44]), semi-brigadas, sub-divisiones puesto en marcha por el Emperador, ya que permitió dar lugar al surgimiento de líderes capaces de suscitar una reorganización del campo de batalla gracias a su capacidad de adaptación. Esta aseveración formulada por el Mayor Mark T. Calhoun([45]) debe sin embargo ser relativizada, puesto que este modelo de descentralización respondió al modo de liderazgo propugnado por Napoleón al inicio de su mando. En su obra Histoire militaire de la France, André Corvisier subraya que, a partir de 1813, el espíritu de iniciativa y la capacidad de adaptación de los Mariscales tendieron a disminuir. A parte del Mariscal Louis-Nicolas Davout, nadie podía asumir tales funciones, por lo que Napoleón tuvo que sustituir a la maniobra la acción frontal, como ocurrió en Wagram y Waterloo. De esa manera, compensaba la debilidad de sus comandantes([46]), en los cuales Napoleón perdía la confianza. El Emperador tampoco pudo vencer la guerrilla en España por su incapacidad de adaptación a las modalidades de combate de la guerrilla([47]). Pero durante el periodo en que delegaba las misiones a sus jefes de guerra permitiéndoles liderar el proceso de decisión en las operaciones que dirigían, el estilo de combate dinámico que Napoleón adoptó fue aquel llamado luego por los alemanes la “Auftragstaktik”([48]). Este concepto se refiere a una organización operacional descentralizada([49]), que se realiza en función de misiones tácticas lideradas por comandantes flexibles e independientes. Como lo nota Bousquet, el Auftragstaktik representó una modalidad de combate que dotaba a los comandantes de la facultad de tener un nivel de iniciativa mayor a fin de poder adaptarse a la fluidez de la batalla y de las circunstancias([50]). O sea, las modalidades de combate de la Auftragstaktik, tal como las prevé la teoría del caos, son similares a las que aplicó Napoleón cuando se encontraba en su fase de creatividad estratégico-militar. Conclusión Pese a que podría resultar para muchos tentador asimilar el arte de la guerra a los diferentes paradigmas científicos, ya que con ello el análisis de las guerras se hace más mecánico y, por ende, más fácil, se tiene que tomar en cuenta que, si bien la guerra tiende a integrar siempre más principios provenientes del ámbito de la ciencia, las batallas son libradas por hombres motivados por consideraciones doctrinales, culturales, subjetivas, entre otras. Tanto Maquiavelo como Clausewitz pensaban que un buen jefe de guerra sabía manejar el azar, llamado por el primero «fortuna» y por el segundo «fricciones». Hasta ahora resulta difícil para la tecnología suplantar al hombre en su capacidad de captar, entender e incorporar, en medio de la realización de una maniobra programada con antelación, las alternativas que se presentan con el surgimiento del azar. Incluso los soviéticos, quienes fueron los grandes promotores de un sistema político-económico sustentado en la predominancia de las fuerzas productivas, y en consecuencia, de una visión cientista y determinista, reconocieron las limitaciones de los principios científicos en la guerra. Para ellos, “existen invariantes en la historia de la guerra que se expresan en la articulación entre los diferentes niveles de la operación y a través de las formas de estructuración y de organización de las fuerzas como en los principios que guían los planes formulados por los comandantes. Pero más allá que las simples capacidades de producción en cuantidad y cualidad o que los recursos presupuestarios, se tiene que tomar en cuenta la moral de las tropas y de la población, las formas sociales de organización que intervienen directamente en la manera de combatir([51]) así como la correlación de fuerzas a nivel interno e internacional”, que, en una guerra, juega un papel de suma importancia. “Es decir, por abarcar un infinito de ámbitos, la guerra se vuelve en una actividad total([52],) y por ello no puede ser explicada en función de principios científicos”. Este párrafo tiene aun más vigencia si se considera, como lo señaló Jean-Paul Sartre([53]) en su conferencia dada en 1955 sobre Stalingrado, que es gracias al combate encarnizado del pueblo soviético contra el invasor que las fuerzas armadas soviéticas vencieron a los alemanes en 1943, abriendo el camino para la victoria de los europeos sobre los nazis dos años después([54]). [1] Antoine Bousquet.The scientific Way of Warfare. Order and Chaos on the battlefields of Modernity. Hurst & Company. London. 2009. Bousquet, a su vez, se inspira de la misma teoría sintetizada por Manuel de Landa en su libro War in the Age of Intelligent Machines. Swerve Editions. New York. 1991. [2] Ibid. [3] 639 - 547/6 a. C. [4] Lucien Jerphagnon. Histoire de la pensée. Philosophies et philosophes. 1. Antiquité et Moyen Age. Editions Thalandier. 1989. [5] Entre los mecanismos a los que recurrió en la guerra contra los romanos, figuran la palanca y la polea. Es estudiando el movimiento de los planetas que Arquímedes fue llevado a formular el principio científico según el cual: “Dimensiones inconmensurables se equilibran a distancias inversamente proporcionales a sus respectivas gravedades” que le permitió idear el mecanismo de la palanca como punto de apoyo. Para más detalle, ver Arquímedes. Matemático y físico griego. (287-212 a. de C.). Por Eduardo Congrains Martín. (Colección “Grandes Hombres de la Historia”. Tomo II. Científicos). [6] Sus maestros habían sido impregnados de la enseñanza de Euclides. [7] André Pichot. La Naissance de la science. Mésopotamie, Egypte. Editions Gallimard. 1991. [8] Ver p.293. Sécurité, territoire, population. Cours au Collège de France. (1977-1978). Gallimard. Seuil. Oct. 2004. [9] Ver p. 340. Sécurité, territoire, population. Op.cit. [10] Ver Michel Foucault. Il faut défendre la société. Cours au Collège de France (1975-1976). Editions du Seuil. Paris. 1997. P.42. [11] Ver P. 304. Michel Foucault. Sécurité, territoire, population. Op.cit. [12] Ver P. 149-150, Jacques le Goff. Les Intellectuels au Moyen Age. Editions du Seuil. Paris. 1985. [13] El conocimiento abstracto se enmarca dentro de una metodología que procede de Aristóteles y el conocimiento intuitivo se inscribe en la línea de inspiración agustiniana. Ver Olga L. Larre de González. El conocimiento intuitivo de lo no existente en Guillermo de Ockham: contexto y limitaciones de la ejemplificación ockhamista. En http://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/3814/03-larre-scripta-v3-n1.pdf [14] Es menester mencionar que las matemáticas, en la edad medieval, tenían un alcance mucho más amplio que hoy, dado que involucraban la geodesia, las medidas en la arquitectura, las de la profundidad del agua, de la tierra, las medidas en la balística. Ver Des mathématiciens au service des Princes. La Recherche. La science et la Guerre. 400 ans d’histoire partagée. Hors série nº7. Avril/Juin 2002. [15] El mundo físico de Aristóteles derivaba de sus concepciones cosmológicas. Para él, el mundo era en movimiento perpetuo y a cada movimiento correspondía un factor motor. Al ascender en la jerarquía de los movimientos, de la dinámica propia a cada ser y objeto, se llegaba al origen de este movimiento, que era una fuerza suprema, un motor inmóvil, que le daba a las cosas una dinámica. Ver p. 49 Atlas de la Philosophie. Peter Kunzmann, Franz-Peter Burkard et Fraz Wiedmann. Collection Encyclopédies d’Aujourd’hui. La Pochothèque. 1993. [16] Ver Alexandre Koyré. Etudes d’histoire de la pensée scientifique. Gallimard. 1973. [17] Ver La mécanique au XVIIème siècle. René Dugas. Editions du Griffon. Neuchatel-Suisse. 1954. [18] También es menester mencionar que son las campanillas de los Monasterios las que daban el ritmo a la vida social antes de que lo hiciera el reloj. Ver Jacques le Goff, La civilisation de l’Occident mediéval. Editions Arthaud. 1965. [19] Hijo natural del rey de Polonia, Mauricio de Sajonia fue incorporado en la Armada francesa, a la cual sirvió en tanto que Mariscal. [20] Ver Michel Foucault. Surveiller et punir. Naissance de la prison. Editions Gallimard. 1975. P. 161. [21] Ver Michel Foucault. Surveiller et punir. Op. cit. P.179. [22] Ver William Mc Neill. La recherche de la puissance. Technique, force armée et société depuis l’an mil. Chapitre VI. Influence des révolutions politique et industrielle sur l’art de la guerre. P. 207-240. Editions Economica. Paris. 1992. [23] Ver la serie de artículos que escribí sobre la Guerra ruso-japonesa en la que describí la evolución de la máquina a vapor, situando su primer ejemplar en la “máquina a vapor” fabricada por Herón de Alejandría y llamada “Aeolípila”. [24] Sobre Ilya Prigogine, ver mi artículo La ciencia del caos y la táctica de guerra en el caos. [25] Ver La thermodynamique chimique. Les Éditions Études Vivantes. 2001. P.5. [26] Ibid. [27] La ley de la resistencia de Newton era proporcional a la velocidad, luego al cuadrado de la velocidad y finalmente a una combinación linera de ambos. Ver Michel Blay. Les “Principia” de Newton. Editions Presses Universitaires de France. 1995. [28] Ver Antoine Bousquet. The scientific way of warfare. P.47. [29] Ver Chapitre 4. Le second principe. La fonction entropie. Institut de Physique de Rennes. UMR Université de Rennes 1 - CNRS n° 6251. [30] Ver Michael D. Bryant. Accenture Endowed Professor. Entropy and Dissipative Processes of Friction and Wear. University of Texas at Austin. Mechanical Engineering Department. [31] Ver Alain Hersovici. Historicité, entropie et instabilité structurelle: une étude préliminaire. [32] Ver Antoine J. Bousquet. The Scientific Way of Warfare: Order and Chaos on the Battlefields of Modernity. Oxford University Press, USA. 2010. P.76. [33] Ver p. 11. Bruno Colson. La culture stratégique américaine. L’influence de Jomini. Editions Economica. 1993. [34] Ver Antoine J. Bousquet. The Scientific Way of Warfare. Op.cit. P.77. [35] Alan Beyerchen. Clausewitz: Non linearity and the impredictibility of war. International Security, 17:3 (Winter, 1992/1993), pp. 59-90. [36] Citado p.43 en Décider dans l’incertitude. Général Vincent Desportes. Edition Economica. 2007. [37] Ver Robert Greene. The 33 strategies of war. Penguin Books Ltd. 2007. Pp.16-17. [38] 1746-1818. [39] 1712-1796. [40] Ibid. [41] Mark Calhoun. Complexity an Innovation: Army transformation and the Reality of War. Op. cit. [42] Ibid. [43] Para ver el funcionamiento del desbordamiento, ver mi artículo Tácticas futuras en la guerra: hacia una robotización del campo de batalla en: http://www.hacialaemancipacion.org sección Temas Estratégicos. [44] Es menester mencionar que la idea de subdividir a la Armada no emane de Napoleón, puesto que el General Jacques Antoine Hyppolyte Guibert preconizaba antes de Napoleón el fraccionamiento de las Armadas y privilegiaba la movilidad y la maniobra en la guerra. Ver Dictionnaire de la Pensée Stratégique. François Géré. Editions Larousse. 2000. P.128-129. [45] Ver Mayor Mark T. Calhoun en su artículo Complexity an Innovation: Army transformation and the Reality of War. School of Advanced Military Studies. United States Army Command and General Staff College. Fort Leavenworth. Kansas, [46] Ver Histoire militaire de la France. Des origines à 1715. Sous la direction de Philippe Contamine. Presses Universitaires de France. Paris. 1997. P.335. [47] Ibid. P.334. [48] Alan Beyerchen. Clausewitz: Non linearity and the impredictibility of war. International Security, 17:3 (Winter, 1992/1993), pp. 59-90. [49] Ver Joseph Henrotin. Les ré(é)volutions du caméléon. Combat futur et formation des structures de force entre Transformation, guerres hybrides et nouvelles formes d’application des conceptions de techno-guérilla. Centre d’Analyse et de Prévision des Risques Internationaux (CAPRI). [50] Alain Bousquet. The scientific way of warfare. P.32 y P.87. [51] Jacques Sapir. Le discours stratégique soviétique. Elaboration et pertinence d’un langage stratégique. Revue Mots. 51. Juin 97. Pp.22 à 40. [52] Ibid. [53] Jean-Paul Sartre. La Leçon de Stalingrad in: France – U.R.S.S., no. 115, April 1955, S. 4-5. [54] Ibid.

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