jueves, 19 de septiembre de 2013

LOS ROSTROS DE NUESTROS NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES, SIGUEN CUBIERTOS DE MISERIA Y POBREZA

 Enrique M. Jaramillo García
ejaramillogarcia@hotmail.com
 “… la mejor manera de mostrar nuestra
 verdadera humanidad, hecha de com-pasión
 y de cuidado y que se traduce en un ethos
 que sabe compadecerse de todos
 los que viven y sufren,
 para que nunca estén
 solos en su sufrimiento”.
 Leonardo Boff

 Actualmente, en nuestro país, los niños, niñas y adolescentes son sujetos de todo tipo de discurso, especialmente de parte de los funcionarios de las instituciones públicas y privadas. Los estudian y convierten en sujetos de investigación y teorías sociales, psicológicas y económicas. Regulan sus derechos y sus deberes, vale decir, los convierten en sujetos de leyes, códigos y reglamentos. Los defienden, aparentemente, para convertirlos en sujetos de toda suerte de campañas y cruzadas, muchas de las veces, líricas e hipócritas. Los cortejan a través de los medios de comunicación y las atosigantes propagandas comerciales, en otras palabras, son sujetos o mejor dicho objetos económicos, que solo consumen ideas y productos ofrecidos por una economía de libre mercado.
Entonces, en este escenario hacen “su agosto” el neoliberalismo y el capitalismo salvaje. Cada día nos vendan los ojos, que nos impiden mirar a los rostros de los niños, niñas y adolescentes que siguen cubiertos de miseria y pobreza. Se habla de ellos sin cesar, muchas de las veces solo de forma utilitaria, efectista, o simplemente para satisfacer el figuretismo mediático. Pero, ¿realmente se los escucha y toma en cuenta? Lo que viene sucediendo con la vida social de los niños, niñas y adolescentes en Lima Metropolitana, es realmente algo preocupante, que nos produce sentimientos de indignación, impotencia, asco y vergüenza. Indignación porque este asunto nos demuestra la continuidad nacional del statu quo que hunde sus raíces previas a la oprobiosa larga noche del fujimorismo. Impotencia, al constatar que el Perú oficial sigue funcionando como amarres, componendas y repartijas, mientras a muy pocas cuadras de Palacio de Gobierno, de la Municipalidad Metropolitana de Lima, del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, del Congreso de la República, de la Fiscalía de la Nación, y de la Corte Suprema de Justicia, existen casonas antiguas, administradas por personas inescrupulosas, que alquilan habitaciones a microcomercializadores de drogas, proxenetas, y lumpes, que dicho sea de paso retienen y cohabitan en esos focos de infección social con niñas, niños y adolescentes, en medio del consumo de sustancias psicoactivas, explotación sexual infantil, y toda pléyade de conductas marginales. Asco ante determinados funcionarios, que están ganados por una razón indolente, ciega y perezosa; y han caído en la pasividad y el burocratismo; y que además, tratan de justificar lo injustificable, más aún, no son capaces de proponer programas integrales preventivo promocionales para salvar a centenares de niños, niñas y adolescentes que viven en la miseria humana. Estos operadores de infancia del Estado, se auto engañan con programas efectistas, como es el caso de Yachay, cuyos funcionarios deambulan si rumbo por calles y avenidas de la parte más oscura, sórdida y violenta de Lima la horrible. Vergüenza al ver a decenas de niños, niñas y adolescentes inhalando pegamento, más conocido como terokal, fumando PBC, marihuana, o ingiriendo licor de baja calidad; y en muchos casos ejerciendo la prostitución a vista y paciencia de serenos, policías, fiscales y jueces de familia; o cuando a muy pocos metros de la Plaza Mayor, en el distrito del Rímac, una niña llamada Gladys, de 14 años de edad, en el mes de julio, se suicidó agobiada por las condiciones infrahumanas en la que sobrevivía junto a su familia desestructurada. Entonces, ¿de qué valen el Código de los Niños y Adolescentes, el Plan Nacional de Acción por la Infancia y Adolescencia 2012-2021 y, toda la parafernalia de normas que dicen proteger y promover los derechos del niño? ¿Servirán de algo las campañas y cruzadas como por ejemplo, el abrazo por la infancia, adiós al castigo físico y humillante, etc., cuando a los ojos infantiles un lugar tan sórdido y violento como la calle, le ofrece mejores alternativas de vida, mejor dicho de muerte que su propio hogar? ¿Estamos condenados los peruanos a que los gobiernos cambien y los vicios permanezcan? O tal vez, ¿nos negamos a reconocer, que la partera de todos estos males contemporáneos, que han causado daños colaterales en los modos de vida de los niños, niñas y adolescentes se ha agudizado, desde el triunfo del neoliberalismo y el capitalismo salvaje?, ¿cómo imaginar una comunidad en donde los sujetos sientan que pertenecen plenamente a ella y estén dispuestos a cooperar con otros, si estamos construyendo una sociedad atravesada por tanta ausencia del reconocimiento debido? (Muñoz y Rodríguez, 1999, p. 119), ¿cómo es posible que sigamos permitiendo que los rostros de los niños, niñas y adolescentes peruanos de los sectores populares sigan cubiertos de miseria y pobreza? Estas son algunas de las preguntas amargas e incómodas que formulo a los operadores de infancia, tanto del Estado, así como de las instituciones de la sociedad civil, a la clase política criolla que ejerce el patrón del poder del Estado; y que dicen luchar por la defensa y promoción de los derechos del niño. Una sociedad como la nuestra, que no toma en cuenta a los niños, niñas y adolescentes, nos es justa, ni mucho menos democrática. Esta es una forma de ver al Perú oficial.
 Lima, 11 de agosto de 2013.

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