miércoles, 9 de octubre de 2013

Perú. Velasco: cuarenta y Velasco: cuarenta y cinco años después

Jueves, 03 de Octubre
Cada hombre en la historia tiene su oportunidad, lamentablemente don Isaac Humala, padre del actual presidente, pensó que su hijo sería un Velasco Alvarado pero le salió un Ollanta Humala. El 3 de octubre de 1968, hoy hace 45 años, el general Juan Velasco Alvarado inició el proceso revolucionario de la Fuerza Armada en el Perú. La insurgencia militar depuso a Fernando Belaúnde Terry, presidente elegido en ardua pugna contra la derecha oligárquica en el Perú, aliada a Víctor Raúl Haya de la Torre, jefe del partido aprista y candidato presidencial. Y como por costumbre la historia oficial no registra los hechos tal como sucedieron, Velasco Alvarado es denigrado y ultrajado por los periodistas y analistas de alquiler en cuanta oportunidad se presente. La prensa parametrada por los grupos de poder se constituye de este modo en la verdad oficial; y precisamente por ello el mejor presidente del Perú del siglo XX, Velasco Alvarado, no tiene un monumento a su memoria como sí lo tienen los traidores a la patria con sus distintos rangos y nomenclaturas. ¿Acaso los peruanos debemos rendir reconocimientos a los vendedores del país, a los ladrones encopetados, a los delincuentes de la mafia política nacional? Sin duda, el general Velasco Alvarado dio motivos para ser odiado por la oligarquía peruana, pues su nacionalismo y las reformas estructurales fueron suficientes para encrespar la revancha de quienes recuperaron la manija del estado, gracias a la traición del general Morales Bermúdez y un grupo de generales corruptos que estuvieron al acecho.
Velasco Alvarado no sólo reivindicó la soberanía del país, la dignidad nacional, al hombre peruano, sino a la Fuerza Armada que se doblega hoy, al igual que ayer, con el síndrome de las varias derrotas, la principal la de la guerra del Pacífico con Chile. Si tenemos a nuestro alcance servir a la patria de manera fidedigna, nada llega a ser superior que decir la verdad y educar a través de ella. Se sirve a la patria, sin límites, diciéndole la verdad, en vez de ponerse a cantar el himno nacional saludando a la bandera y exagerando méritos a quienes no los poseen. En estricto, no soy velasquista, nunca lo fui porque desde joven abracé la causa del socialismo; sin embargo, todavía están en mi memoria los episodios de un período signado por el serio intento de cambiar el devenir histórico del Perú enfermo, de la nación convaleciente desde su fundación como república independiente y soberana. Recuerdo por tanto los hechos y recuerdo también el nítido escenario de la inmensa multitud desbordando los linderos de la Plaza de Armas de Lima, de cuando se dio la salida del féretro de Juan Velasco Alvarado de la Catedral, seguido por una procesión de centenas de miles de ciudadanos; y de cuando a pie lo llevaron sobre hombros los trabajadores despertados en júbilo, no por la muerte sino por la vida de un precursor de la revolución bolivariana seguida por otro militar digno, Hugo Chávez Frías. El recorrido por las calles centrales de la ciudad, cerca de tres kilómetros para llegar al cementerio El Ángel, marcó un hito histórico, una despedida gloriosa. No se trataba de seguir el anda de oro y plata del Señor de los Milagros sino de la procesión tras un hombre cuyos restos mortales simbolizaron el rechazo a la felonía, el resurgimiento del oprobio, la patria nuevamente herida de muerte. Cada hombre en la historia tiene su oportunidad, lamentablemente don Isaac Humala, padre del actual presidente, pensó que su hijo sería un Velasco Alvarado pero le salió un Ollanta Humala. Han transcurrido cuarenta y cinco años, desde cuando la esperanza se elevó a los cielos para caer luego en un extenso período de ignominia, infamia y degradación; o sea al Perú de la vergüenza nacional e internacional. La mafia política enquistada en el poder, financiada y sobornada por la recalcitrante oligarquía peruana, está impedida de rendir merecido reconocimiento a un hombre de profundas raíces nacionales, a un auténtico soldado de la patria, evocador del compromiso, el deber, el trabajo, en la osada tarea de solventar los apremios políticos de la nación, las urgencias más sentidas de los desposeídos. Morales Bermúdez y los que le siguieron, Belaúnde en su segundo gobierno, García, Fujimori, Toledo, García otra vez y Ollanta Humala, no dejaron escribir la historia real a fin de ocultar el significado del proceso revolucionario de la Fuerza Armada, traicionado por algunos de sus propios miembros. En este aniversario, por consiguiente, es necesario refrescar la memoria de los adultos y los mayores; y a la vez instar a los jóvenes a investigar la autenticidad del país en que viven, aprendiendo de los archivos ocultos la vigencia de los postulados libertarios, de cuando por primera vez en la república se intentó alcanzar la gloria de la patria libre, libre de los yugos imperiales presentes hasta ahora; de cuando por primera vez las figuras epónimas de Grau y Bolognesi llegaron a crecer por encima de los sacrificios de mártires abandonados a su suerte por las castas políticas gobernantes. La dignidad nacional recuperada con la nacionalización del petróleo de la Brea y Pariñas en Talara, dio inicio a un proceso innovador de cambios estructurales de raigambre emancipadora y antiimperialista, anunciado en el manifiesto revolucionario de la Fuerza Armada el 3 de octubre de 1968; se trataba de un nuevo perfil social y económico del país. El ejército cambiaba de mentalidad, se curaba en salud de los síndromes de las derrotas militares acercándose a las reivindicaciones de los pobres en el dolor de mundo descrito en fibras humanas por nuestro insigne poeta César Vallejo. Un cambio de mentalidad en el ejército y por ende en la Fuerza Armada, transformó el país dejando de lado la belleza estética de los discursos patrios, asumiendo la ética revolucionaria de transformar en personajes de interés a todos los peruanos y a los pobres en particular, tal como se formulaba en el Plan Inca. La reforma agraria eliminando el latifundio de propiedad privada, expropiando gigantescas extensiones de tierra agrícola, maquinarias e instalaciones industriales, creando cooperativas de trabajadores, bajo el lema “la tierra es para quien la trabaja, el patrón no comerá más de tu pobreza,” marcó el paso gigante de una revolución en serio. La organización de las comunidades campesinas en Sociedades Agrícolas de Interés Social, en torno a las expropiaciones de las haciendas serranas de mayor extensión, completaba el esquema de la reforma agraria en función de estimular la economía hacia el auto-desarrollo del mercado interno. En aplicación progresiva del Plan Inca, vino la ley general de industrias y la creación de la Comunidad Industrial, reservándose para el estado las industrias estratégicas. Superar el modelo capitalista dependiente, implementando un estado productor y gerente, condujo a la nacionalización de la gran minería, la industria pesquera, los servicios básicos, el transporte aéreo, y parte de la banca; creándose también las comunidades laborales sectoriales de participación en la gestión y propiedad de las empresas, similar a las de las comunidades industriales. Con la restauración del poder oligárquico, el neoliberalismo y la corrupción de la mafia política partidaria condujo a la dictadura del japonés Alberto Fujimori a la privatización de este conjunto de empresas estatales estratégicas; las que fueron puestas a remate obteniendo, según datos del ministerio de Economía, nueve mil millones de dólares nunca ingresados al erario nacional. Dentro del modelo diseñado en el Plan Inca, la autogestión empresarial y el Sistema Nacional de Propiedad Social, bosquejaban la prioridad de la creación de empleo mediante la participación de los trabajadores y la ayuda del estado. Y en la política exterior, la autodeterminación de los pueblos comenzó a ejecutarse de forma soberana y equidistante, asumiendo la posición tercermundista del movimiento No Alineado; el Perú por primera vez en su historia rompía el esquema de la dependencia absoluta de las decisiones de la Casa Blanca y del departamento de estado en Washington; Velasco Alvarado estableció relaciones diplomáticas con Cuba, el bloque soviético de Europa del Este, Corea del Norte, Vietnam y China Popular. La compra de armamentos, tanques modernos, aviones de guerra, y pertrechos militares, para el sistema de defensa nacional se privilegió con la Unión Soviética. La reforma educativa fue otra iniciativa en la perspectiva creadora de la conciencia crítica consustancial al proyecto de país y desarrollo cultural autónomo, tratando de evitar la proliferación de seres atrofiados, incultos, deformes e ignorantes. Los siete años de gobierno de Velasco Alvarado transformaron el país estructuralmente, creándose un ambiente de antagonismo con los poderosos oligarcas acostumbrados a usar las tiranías civiles y militares para sus propios intereses de enriquecimiento deshonesto y desvergonzado. El sabotaje interno y externo a las medidas nacionalistas, la falta de comprensión a un proceso emancipador promocionó abiertamente la fuga de capitales para golpear la economía y hacer sucumbir la embarcación de un intento serio de cambiar el país. El modelo del Plan Inca, sentadas las bases sólidas de su desarrollo, no llegaría a concretarse en sus reales posibilidades y potencialidades. La enfermedad de Velasco Alvarado y el posterior derrocamiento golpista de Francisco Morales Bermúdez encabezando un grupo de generales traidores como él, dieron inicio a un desmontaje descarado de la revolución de la Fuerza Armada. Como le sucedió a Salvador Allende en Chile, las fuerzas antipatriotas y la intervención norteamericana a través de la CIA, trajeron abajo un proyecto de país “sin calco ni copia, creación heroica” como lo quería el amauta José Carlos Mariátegui, Condenado al silencio por la corrupta casta política gobernante que recuperó el poder, a través de la felonía de Morales Bermúdez, Juan Velasco Alvarado brilla con luz propia en medio de la degeneración política actual, acrecentada en los últimos años de oprobio y vergüenza. Miles de millones de dólares del estado peruano han pasado a enriquecer las arcas de la mafia política partidaria que se reparte el poder; dinero mal habido en manos de los políticos, ex ministros, altos funcionarios, jueces, magistrados y militares de alto rango; destacan por la enormidad de los desfalcos al estado los dos gobiernos de Alan García y sus secuaces; y el de la dictadura del ciudadano japonés Alberto Fujimori, quien en un alarde de poder imperial sometió a la Fuerza Armada a sus designios impúdicos mediante una indigna, denigrante e insultante, “acta de sujeción” firmada por los más altos mandos militares del Perú. Felizmente, la izquierda peruana que en gran parte rechazaba al general Velasco, hoy lo reconoce dentro del proceso latinoamericano actual donde su figura junto a la de Salvador Allende transciende la historia a pesar de los intentos frustrados de liberar a Perú y Chile con el aura revolucionaria de enfrentarse al imperialismo, mediante el espíritu precursor de la revolución continental, ahora bolivariana, con el espíritu del fallecido presidente Hugo Chávez iniciador de la idea de construir el socialismo del siglo XXI. * Carlos Angulo Rivas. Poeta y escritor peruano. KAOSENLARED

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