miércoles, 16 de octubre de 2013

VO NGUYEN GIAP Y EL FIN DEL IMPERIALISMO COLONIAL FRANCÉS

 POR NICOLE SCHUSTER
 La semana pasado murió el General vietnamita Vo Nguyen Giap. Para la gran mayoría de los jóvenes de hoy, este hecho no tiene ninguna significancia. Sin embargo, Giap fue un símbolo, y hasta un ídolo para muchos movimientos nacionalistas y para las generaciones que presenciaron directa o indirectamente la guerra de Vietnam. En nuestra época actual de recrudescencia de las manifestaciones imperialistas a nivel mundial, que afortunadamente se están viendo contrarrestadas en Siria, es bueno echar una mirada retrospectiva al contexto histórico que regía a mediados del siglo XX, lo que nos permitirá resituar, dentro de ello, la acción liberadora de Von Nguyen Giap, y mostrar en qué medida Giap fue no sólo el artesano de la victoria del nacionalismo sobre el colonialismo sino también el destructor del mito de la superioridad del blanco sobre el autóctono.


En efecto, el 7 de Mayo 1954, Francia conoció una derrota militar que marcó el inicio del fin de su reinado colonial y que la obligó a retirarse del territorio indochino luego de un siglo de intervención: fue vencida de forma abrumadora por el General Vietnamés Vo Nguyen Giap en la batalla de Dien Bien Phu, quien demostró que una guerra revolucionaria y asimétrica que articulara lo político y lo militar podía vencer a un enemigo con un armamento superior que recurría principalmente a métodos de guerra convencional.

CONTEXTO HISTÓRICO

 En la Unión Indochina, constituida por Camboya, Laos, la Cochinchina, Anam y el Tonkín – esas tres últimas regiones conformando el Vietnam – la ola popular de reprobación hacia el ocupante constituía una amenaza directa para la potencia colonialista francesa. La población empezaba a rechazar la explotación sistemática de la cual era objeto por los colonizadores. Las políticas usureras aplicadas por los bancos de la metrópolis habían arruinado a las instituciones locales que habían, hasta la llegada del invasor, vivido en base a una economía solidaria.

Con el ocupante, el sector agrícola y la industria local sufrieron un severo proceso de deterioro originado por las políticas de grupos franceses que tenían el monopolio de la producción y de la comercialización. Ellos no pagaban impuestos al gobierno local y repatriaban la totalidad de sus ganancias hacia la metrópolis. Cansados de tantos abusos y del estado de inferioridad en el cual la población en general estaba confinada, grupos nacionalistas empezaron a manifestar su descontento y a organizar la lucha contra la potencia colonial.

El detonante fue motivado por la Carta del Atlántico, una declaración que fue firmada en 1941 por Churchill y Roosevelt en la que formularon, entre otros, el principio de los pueblos de poder disponer de sí mismos([1]). Pese a esos acuerdos y a las vagas promesas de ampliación de la autonomía hechas a los nativos indochinos, Francia seguía administrando directamente la región. Entre los grupos deseosos de expulsar al colonizador del país, se hallaba un movimiento que atraía a un número creciente de adherentes: el Vietminh, liderado por Ho Chi Minh. Al inicio, Estados Unidos veía con buen ojo este hombre que consideraba “moderado” por lo que decidió brindarle ayuda militar. Sin embargo, la radicalización de Ho Chi Minh y sus simpatías hacia el régimen soviético incitaron a Estados Unidos a quitarle el apoyo.

Aprovechando el estado de debilidad en el cual se encontraba Francia después de la guerra así como la capitulación de Japón el 15 de agosto 1945, la Alianza por la Independencia del Vietnam (Vietminh) formó un Gobierno provisorio de la República del Vietnam con Ho Chi Minh a la cabeza. No obstante, Ho Chi Minh, quien aspiraba a extender su poder sobre todo el territorio indochino, tuvo que enfrentar la resistencia de la Cochinchina y de Camboya, que rechazaban al régimen comunista. Francia, por su lado, anhelaba reestablecer su influencia y quería instaurar un régimen “democrático”, pero concediendo a la población local una autonomía limitada. Frente a la intransigencia de Ho Chi Minh, Francia bombardeó el puerto de Haiphong en diciembre del año 1946, lo que marcó el inicio de la guerra de Indochina.

EVOLUCIÓN DEL MARCO BELICISTA INDOCHINO

A partir de este momento, las luchas por la descolonización se convirtieron en una guerra ideológica que involucró a las potencias del Este y del Oeste en el conflicto. Los bloques socialista y capitalista se afrontaron en el territorio vietnamita, cada uno de ellos estableciendo alianzas estratégicas con otros países. Estados Unidos ayudaba materialmente a Francia, mientras que la Unión Soviética y China bridaban apoyo a Ho Chi Minh y al jefe de sus tropas, Vo Nguyen Giap. Por su lado, el Vietminh pudo, durante la década de los cuarenta, ampliar sus milicias y perfeccionar sus métodos de guerrilla. Los soviéticos y los chinos le brindaban el sostén logístico y militar que necesitaba para consolidarse mientras que las bases del movimiento de liberación vietnamita provenían del corazón de la población local, que percibía al ocupante como un enemigo y no como el libertador que pretendía ser.

La personalidad de Giap dentro de este marco sobresalía: a nivel personal, Giap estaba lleno de resentimientos hacia los franceses. Las tropas de ocupación acababan de matar a su madre, su hermana, su abuelo y su padre, torturándolos en circunstancias horrorosas a fin de sacarles informaciones sobre él. En el campo militar, Giap estaba imbuido de la enseñanza de los antiguos estrategas como Sun Tzu, Clausewitz, Napoleón, por cuanto había estudiado sus legados con detenimiento. Además, estaba familiarizado con los principios de la lucha popular propugnados por Mao Zedong. Pero Giap era ante todo un político: conforme a lo que preconizaba Mao, el objetivo de la guerra para él no era la victoria militar, sino la política. Percibía a la victoria militar como un medio para obtener una ventaja diplomática y poder orientar a su favor las negociaciones ulteriores.

La lucha de Giap era potenciada por el conocimiento que éste tenía del terreno y por la combatividad de sus efectivos. No era la primera vez que el hombre rural vietnamés se enfrentaba al invasor. Tenía una tradición milenaria de rechazo combativo hacia el ocupante que, varias veces en la historia de Vietnam, llevó al campesino a convertirse en soldado para defender la tierra de sus ancestros a la cual le unía una sensibilidad visceral. La derrota francesa era previsible. Los efectivos militares tenían una visión totalmente errónea de las capacidades bélicas del país que ocupaban. Los dirigentes franceses, cegados por su pretendida superioridad militar, subestimaban las habilidades estratégicas de Giap.

Conforme a la visión tradicional de los militares occidentales, consideraban que el éxito del proyecto colonial dependía únicamente de la victoria militar, la cual creían ya asegurada. Además, la arrogancia inherente al invasor colonialista hacía que este último despreciara la idiosincrasia indochina. El ocupante ignoraba que la fuerza del vínculo del vietnamés hacia su tierra le otorgaba un conocimiento sin igual de su espacio, que ni siquiera la superioridad militar cuantitativa del invasor hubiera podido compensar. Además, este lazo con el espacio se articulaba con una percepción del tiempo fundamentalmente distinta de la del hombre occidental. Es por eso que la introducción del espacio y tiempo en la estrategia de guerra de los asiáticos chocaba con los principios de guerra convencional. El imperio colonial no podía concebir que el enemigo no adoptara la metodología de un cuerpo armado regular y que cada miembro de la población asumiera el rol de guerrillero. Este conjunto de circunstancias procedente de una cultura profundamente antagónica a la del enemigo otorgaba al Vietminh una ventaja inconmensurable sobre éste último.

 EL TEATRO DE GUERRA El lugar que las tropas francesas escogieron para lanzar su ofensiva reveló su falta de discernimiento operacional. Los franceses tenían una fe ciega en su artillería y, por ende, en su éxito. Optaron por un espacio próximo de Laos porque constituía una zona tampón entre Vietnam del Norte y Camboya. Navarre, el comandante de las tropas francesas, estaba seguro de controlar la ruta hacia el lugar de Dien Bien Phu y creía que esta supuesta ventaja geográfica impediría al general Giap establecer sus líneas de comunicación y de logística. Los militares franceses nunca imaginaron que Giap iba, con la ayuda de decenas de miles de militantes, subir piezas de artillería pesada hacía Dien Bien Phu gracias a un trabajo clandestino de hormigas que duró meses sin que el ocupante se diera cuenta de esta operación logística. Tampoco pensaron que la población local iba a ser la mejor aliada del Vietminh.

El comando de las fuerzas armadas francesas era persuadido que podía atraer a los efectivos de Giap al lugar seleccionado por las fuerzas ocupantes y, gracias a su superioridad en materia de armamento, aplastarlos. Desgraciadamente, la llegada de las fuertes lluvias, que había previsto Giap, dejó a las tropas franceses en un terreno fangoso con sus operativos paralizados y obligados a enfrentar el agobiante calor y la humedad a los que no estaban acostumbradas. En un momento en que Navarre apostaba por el apoyo decisivo de la aviación militar, el mal tiempo impidió que los pilotos tuvieran la visibilidad necesaria para aterrizar. Las transmisiones se borraban, el servicio de información de las tropas era deficiente. El puente aéreo que se había proyectado establecer para abastecer las tropas no pudo ser constituido a causa del mal tiempo.

Nunca se pudo bombardear masivamente a los dispositivos enemigos como se había planeado. El material de abastecimiento de las tropas francesas así como los efectivos que llegaban en paracaídas eran capturados por las tropas Vietminh. Es decir, la situación que se presentaba era un ejemplo típico de la nefasta influencia que las “fricciones” descritas por Clausewitz podían tener sobre el plan de guerra definido por el invasor, mientras que, por el lado del ocupado, estas fricciones estaban explotadas al máximo. Además, los vietnameses estaban en su terreno. El clima tropical no les molestaba. Más bien, era un aspecto positivo que contribuía al efecto de desgaste de las tropas enemigas y les permitía proseguir con los objetivos que se habían fijado.

La vegetación era propicia para los operativos de guerrilla, ofreciendo a las milicias Vietminh los escondites ideales para lanzar ataques sorpresivos contra el enemigo. Cuando Giap se sentía débil, se retiraba. Como lo dirá más tarde el general asiático: “si el enemigo es fuerte, se le evita; si es débil, se le ataca. A su armamento moderno, se le opone un heroísmo sin límites, hastiándolo, o aniquilándolo gracias a la combinación de operaciones militares con la acción política y económica. No hay línea de demarcación fija, el frente se encuentra donde hay un adversario. De una guerra de guerrillas se pasa a una guerra de movimiento”.

Utilizando a su favor la meteorología, el tiempo y espacio, Giap se apoderó poco a poco de los puntos de apoyo de los franceses. Paralelamente, recibía por avión la ayuda de combatientes indochinos. Los guerrilleros Vietminh se infiltraron progresivamente en el perímetro francés y cercaron la ciudadela de Dien Bien Phu. En el momento que Navarre necesitaba mayor ayuda, los altos mandos en Francia decidieron retirarle el apoyo de las fuerzas especiales que sí habían tenido buen resultado en los operativos de contra-guerrilla.

 El lugar “estratégico” de los franceses se transformó en su tumba. Estaban aislados, en un medio hostil, abandonados por la opinión francesa y traicionados por los altos mandos de la metrópolis. Inmediatamente alertado por su excelente servicio de información, Giap aprovechó la debilidad operacional de las tropas franceses y aplicó el principio del “efecto sorpresa” que aprendió de las enseñanzas de Sun Tzu y de Napoleón. Atacó en el momento oportuno. Fue un golpe maestro: planeó su victoria de tal manera que coincidiera con la fecha de apertura de los acuerdos de Génova, el 8 de mayo 1954, por lo que las negociaciones desembocaron en los acuerdos que sancionaron la separación del Vietnam en dos partes y llevaron a la instalación del gobierno de Ho Chi Minh en Hanói.

CONSIDERACIONES FINALES
Giap ha demostrado, en su guerra revolucionaria contra las tropas franceses, ser capaz de pasar de la etapa de guerra popular a la de guerra clásica. Ha articulado con inteligencia los dos niveles de guerra: no ha dejado que la lucha cotidiana le distrajera de su visión estratégica, que era combatir la colonización y convertir el proyecto socialista en una realidad. Y, sobre todo, supo enmarcar su lucha en un contexto internacional de guerra fría. Fiel a la línea de pensamiento de Mao Zedong y de Ho Chi Minh, quien sostenía que “el militar sin lo político es un árbol sin raíces. No solamente es ineficaz, sino también nocivo”, Giap nunca perdió de vista su objetivo: hacer primar lo político sobre lo militar. Bibliografía Carl Schmitt, La notion de politique. Théorie du Partisan, Flammarion, 1992. François Géré, Dictionnaire de la Pensée stratégique, Larousse, France 2000. Eric Denécé, Forces spéciales l’Avenir de la guerre?, Collection L’Art de la Guerre, Editions du Rocher, France, 2002. Maurize Crouzet, Histoire générale des civilisations. L’époque contemporaine. A la recherche d’une civilisation nouvelle, Presses Universitaires de France, 1980. Revue Histoire mondiale des Conflits. Agenda spécial Diên Biên Phu. Avril/Mai 2004. ([1]) Esta declaración fue luego insertada en la Carta de las Naciones Unidas.

 El contenido del Acuerdo era el siguiente: “El Presidente de los Estados Unidos de América y el Primer Ministro representante del Gobierno de S. M. en el Reino Unido, habiéndose reunido en el Océano, juzgan oportuno hacer conocer algunos principios sobre los cuales ellos fundan sus esperanzas en un futuro mejor para el mundo y que son comunes a la política nacional de sus respectivos países:
 1. Sus países no buscan ningún engrandecimiento territorial o de otro tipo. 2. No desean ver ningún cambio territorial que no esté de acuerdo con los votos libremente expresados de los pueblos interesados. 3. Respetan el derecho que tienen todos los pueblos de escoger la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y desean que sean restablecidos los derechos soberanos y el libre ejercicio del gobierno a aquellos a quienes les han sido arrebatados por la fuerza. 4. Se esforzarán, respetando totalmente sus obligaciones existentes, en extender a todos los Estados, pequeños o grandes, victoriosos o vencidos, la posibilidad de acceso a condiciones de igualdad al comercio y a las materias primas mundiales que son necesarias para su prosperidad económica. 5. Desean realizar entre todas las naciones la colaboración más completa, en el dominio de la economía, con el fin de asegurar a todos las mejoras de las condiciones de trabajo, el progreso económico y la protección social. 6. Tras la destrucción total de la tiranía nazi, esperan ver establecer una paz que permita a todas las naciones vivir con seguridad en el interior de sus propias fronteras y que garantice a todos los hombres de todos los países una existencia libre sin miedo ni pobreza. 7. Una paz así permitirá a todos los hombres navegar sin trabas sobre los mares y los océanos. 8. Tienen la convicción de que todas las naciones del mundo, tanto por razones de orden práctico como de carácter espiritual, deben renunciar totalmente al uso de la fuerza. Puesto que ninguna paz futura puede ser mantenida si las armas terrestres, navales o aéreas continúan siendo empleadas por las naciones que la amenazan, o son susceptibles de amenazarla con agresiones fuera de sus fronteras, consideran que, en espera de poder establecer un sistema de seguridad general, amplio y permanente, el desarme de tales naciones es esencial. Igualmente ayudarán y fomentarán todo tipo de medidas prácticas que alivien el pesado fardo de los armamentos que abruma a los pueblos pacíficos”. Franklin D. Roosevelt — Winston Churchill 14 de agosto de 1941 Ver Jorge Pérez Ramírez, Vidas paralelas: la banca y el riesgo a través de la historia, Marcial Pons, Ediciones de Historia, Madrid, 2011, pp.279-280.

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