jueves, 7 de noviembre de 2013

El caso Chávez

El libreto va haciéndose conocido. Primero, el Congreso, toma una decisión que es una provocación: no los derechos humanos bajo dirección de un fujimorista cualquiera, sino de la mujer que llama llorones a los familiares de las víctimas de la violencia, y que promete usar el cargo para descubrir que la Comisión de la Verdad gastó mucho dinero lo que supuestamente descalificaría sus conclusiones y recomendaciones. Segundo, cada vez más personas reaccionan considerando una ofensa ese nombramiento y se va generando una corriente de opinión que en corto tiempo gana las calles. Tercero, en el Congreso se escuchan voces que dicen que a ellos nadie les va a obligar a dar marcha atrás en un acuerdo, aunque haya sido tomado por tres personas, una de ellas la propia Chávez y otro que ya rectificó su voto.
Así es la democracia, la tolerancia, el pluralismo, y otros términos de estilo, que más o menos quieren decir que hay que ser democráticos con los peones de la dictadura, tolerante con los que anuncian intolerancia, plurales con los que manejaron el Estado como si fueran un partido único. Cuarto, la protesta va seguir adelante y se va a ir amplificando. El nacionalismo que primero se puso de perfil, después tomó poses inocuas que en el fondo favorecen el atropello (retirarse de la comisión, declarar que la presidencia no puede interferir en los grupos de trabajo), empieza a debilitarse y a buscar una salida al problema. Otárola tendrá que darse cuenta que en apenas tres meses ya está a punto de tener que pagar el precio de su propia repartija. Quinto, se cae la decisión y el Congreso termina más mellado de lo que estaba. Las encuestas que ya lo ubican en el 9% de aprobación, probablemente lo registren mucho más cerca al cero. ¿Y todo para qué? Para que el partido naranja (el tea party peruano; lo más próximo al pinochetismo y al franquismo reciclados en la democracia ), lave heridas por sus derrotas recientes con los pedidos de indulto y detención domiciliaria, y para que se acentúe la conducción camorrera de Alberto Kenyo Fujimori, sobre las expectativas electorales de su hija Keiko. Porque si alguien va a pagar el costo de levantar a Martha Chávez hasta el primer plano de la política, haciendo recordar al país de qué se trata este partido que quiere volver a gobernarnos, es la gordita que ensaya gestos de moderación. Razón tenían los que decían que del chavismo que debíamos preocuparnos los peruanos no era del de Venezuela, sino el de esa señora fanática que simboliza la aplanadora de los años 90. Lo curioso es ver a Mulder que el año 2000 participaba del movimiento por derribar a la dictadura y ahora es el impulsor de la refujimorización del país. 07.11.12

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