lunes, 25 de noviembre de 2013

Fujimontesinismo

 El caso López Meneses ha hecho aparecer un debate sobre la capacidad de algo llamado montesinismo para infiltrar diferentes gobiernos y desatar escándalos en los que unos y otros se acusan de tener lazos con la organización mafiosa. Pero ¿existe posibilidad de separar fujimorismo de montesinismo?, en otras palabras: ¿dónde ubicaría a Blanca Colán, Martha Chávez, Caso Lay, Kenji Fujimori? ¿en el fujimorismo o el montesinismo? Durante la redacción de mi libro “Fe de Ratas”, tuve una sorprendente revelación: en una discreta calle de Chacarilla del Estanque había, allá por los años 90, una sastrería conducida por un señor de nombre Jhony Vargas Ayerbe, que era conocido en los círculos del poder como “el sastre de Montesinos”. Este caballero era recogido en su negocio por un automóvil enviado por Vladimiro y conducido hacia las discretas instalaciones del SIN, donde cada mes tomaba las medidas del asesor para hacerle un nuevo terno. Otras veces hacia el servicio a Fujimori, Hermoza y otros, a la cuenta de Montesinos. Vargas Ayerbe, hizo los famosos ternos de la entrevista de Álamo Pérez Luna en 1999, en la que presidente y asesor lucían idénticas tenidas y corbatas intercambiables, lo que consolidó la idea de que los dos eran uno, o como se solía decir eran siameses. Años después, en una visita a Lima, George W. Bush luciría un terno del mismo color que el que usaba Toledo al recibirlo, y sus esposas tenían vestidos muy parecidos.
En el protocolo de Estado de los Estados Unidos, existe la indicación de que autoridades del mismo nivel deben vestirse en forma similar para reuniones bilaterales en las que se quiere transmitir entendimiento. Pero no se utiliza el mismo sastre y no se conoce algún caso en el que la vestimenta iguale a la principal autoridad nacional con un asesor nombrado por ella. Pero así era la cosa. Montesinos ordenaba a su sastre uniformarlos y Fujimori aceptaba dar fe que eran dos en el gobierno del país. Algo parecido ocurrió en agosto del 2000, cuando se hizo una conferencia de prensa para anunciar que se había capturado una banda de contrabandistas de armas que habían usado cobertura oficial para hacer negocios con las FARC. En realidad lo que había pasado era que el contrabando era una operación gestada por Montesinos que había sido descubierta por Colombia y para limpiarse se estaba echando la responsabilidad a una organización formada por varios hermanos que hacía tiempo hacían trabajos sucios para el gobierno. Lo decisivo ahí, sin embargo, era que el presidente estaba presemnte para avalar la farsa. Tendría que llegar el vladivideo Kuori-Montesinos, que puso en evidencia el poder corruptor de Vladimiro para que Fujimori se sintiera acorralado y después de dos días de pensarlo mucho decidiese disolver el SIN, que era el orgullo de su gobierno y el centro de donde habían procedido las disoluciones previas. Ahí la historia no había terminado porque vendría la resistencia del asesor, la indemnización de 15 millones de dólares, el viaje a Panamá en avión de los Romero, el regreso a Lima, la persecución de Fujimori y la fuga en el yate Karisma. Pero para fines de este artículo habría que retener solamente una idea: si Montesinos adquirió poder aún antes del comienzo formal del gobierno de Fujimori, cuando el líder de Cambio 90 todavía no tenía claro lo que iba a hacer con el poder que le cayó en las manos, y si fue el poder en la sombra, no paralelo sino complementario al presidencial durante muchos años, hacia fines de la década ya era un personaje con ansias de figuración pública y de blanqueamiento du su figura hasta entonces marcada por la turbiedad. Origen de un concepto Fujimori inventó el fujimorismo a falta de una manera como definir el movimiento de sus seguidores y que él mismo se encargó de hacer pasar por múltiples denominaciones sin mayor significado: Cambio 90, Nueva Mayoría, Vamos Vecinos, Perú al 2000, Alianza para el Futuro, Fuerza Popular y otros, que lo que tenían en común era la adhesión al llamado “chino” que luego se convirtió en respaldo a la sucesión familiar. Fujimorismo quiere decir en síntesis perteneciente a la mancha de Fujimori. Y, claro, los críticos de tal propuesta se encargaron de puntualizar que el pragmático de los 90, jamás venía solo; que si había Fujimori es porque había Montesinos, y si había fujimorismo es porque existía el fujimontesinismo. Nunca había que olvidar eso. Pero no que hubiese un fujimorismo y un montesinismo separables, sino que el fujimorismo, no se podía desligar de los métodos de Montesinos, con el que había funcionado tantos años. Y esta “no separación” no sólo tenía un aspecto político, sino que alcanzaba una dimensión personal. O alguien podría señalar si la exfiscal de la Nación, Blanca Nélida Colán, no era una fujimorista de número, que trabajaba día y noche para el gobierno y la reelección, y al mismo tiempo una protectora del asesor en cada uno de sus problemas con la Justicia, como en el caso Vaticano y de las cuentas del Banco Wiese. O sobre Martha Chávez, que fue la presidenta fujimorista del Congreso, y la encubridora montesinista de los crímenes de Montesinos; o Caso Lay, que era el encubridor de los pases de dinero secreto hacia las Fuerzas Armadas y el SIN para financiar operaciones encubiertas, y el propagandista de la supuesta “honestidad ejemplar” del gobierno fujimorista ante los foros internacionales; o Kenji, el siempre engreído de papá y sobrino favorito del asesor. El mismo López Meneses era el coordinador parlamentario de la bancada oficialista, que tenía que hacer el puente con Palacio de Gobierno, pero que por disposición del presidente también conectaba con el SIN en Las Palmas, adonde llevaba los tránsfugas que iba recolectando para formar una mayoría oficialista que no había nacido en las urnas. “Operador montesinista” Martha Chávez exigió a gritos que se retirara la palabra fujimontesinista que había sido pronunciada en el debate sobre la vigilancia indebida al domicilio de López Meneses. Gagó aseguró que el gobierno tenía tratos con delincuentes. Mulder, que Humala estaba desarrollando las mismas relaciones que le criticaba al APRA y al fujimorismo. En resumen nadie quiere nada con los “montesinistas”, pero todos se acusan de buscar operadores clandestinos y corruptos como manera de hacer política. Tal vez la lección de todo esto es que el Estado peruano que existe hasta hoy sigue siendo el que construyeron Fujimori y Montesinos, y que la gente que trabajaba con ellos es todavía la guia para manejar esas estructuras maleadas, lo que hace que haya tanto “operador” en actividad y afán por negar estas relaciones insanas. Limpiar de fujimontesinismo el Estado es una tarea pediente en la que han fracasado sucesivos gobiernos que han mentenido no sólo un continuismo económico sino también político. 25.11.13 Publicado en Hildebrandt en sus Trece

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