lunes, 8 de septiembre de 2014

¿COMO OFRECER A LOS NIÑOS Y NIÑAS, AMOR Y TERNURA, EN UN PAÍS CON DESIGUALDADES Y EXCLUSIONES TEMPRANAS?

 Enrique M. Jaramillo García
ejaramillogarcia@hotmail.com

 “Hay que aprender a endurecerse, pero sin perder la ternura”.
 “Ernesto Che Guevara”

 En estos últimos días, todos los peruanos hemos escuchado hablar a los operadores de infancia, tanto del Estado, así como de la sociedad civil; y a algunos ‘líderes de opinión’ en los medios de comunicación masiva, que es necesario luchar contra la violencia que se ejerce contra los niños, niñas y adolescentes; pero lo más paradójico de esta parafernalia de declaraciones, es que algunos funcionarios de ONG solicitan a los legisladores, emitir una ley contra la violencia infantil. 

Nosotros nos preguntamos: ¿será posible combatir la violencia contra los niños y niñas, simplemente con una ley?
 ¿Cómo erradicar la violencia en el imaginario social, cuando los medios de comunicación, todos los días nos inoculan con el virus de la violencia simbólica?
 Si bien es cierto, que una ley contra la violencia infantil, puede atenuar de alguna manera los niveles de violencia que se ejerce contra los niños y niñas en nuestra sociedad. Sin embargo, no podemos perder de vista que la violencia ha acompañado la historia de nuestro país.
En épocas recientes tuvo manifestaciones horrendas en el accionar de los movimientos subversivos, especialmente el de Sendero Luminoso, y las fuerzas del orden, que utilizaron cruelmente la violencia contra los sectores más débiles de la sociedad; y en especial contra la vida de miles de niños y niñas de la sociedad rural andina y amazónica. En el Perú, durante los años 1980-2000, la sociedad tímidamente exigió al Estado no responder al terror con el terror. No podemos ignorar de ninguna manera, que la violencia tiene hondas raíces en nuestra realidad socio-cultural. Es por ello, que Héctor Béjar, sobreviviente de la guerrilla de 1965, debelada por el Ejército Peruano, concluye en su análisis de dicho intento guerrillero: la lucha armada será necesario mientras el humus social y cultural el Perú no cambie. Este humus social y cultural violento tiene en el Perú larga data, que en el devenir histórico después de la independencia del Perú, con el establecimiento del Estado criollo, no fue capaz de construir la paz que brota de la justicia social (Mac Gregor, Felipe, 2001). En la actualidad, es muy frecuente escuchar hablar, que el Perú vive uno de sus momentos más estelares de crecimiento económico, lo que constituye un espejismo. Se habla de desarrollo capitalista y progreso, mientras que miles de niños y niñas mueren de hambre y abandono en el mapa social del país. El progreso y el bienestar son en la retórica de los discursos políticos, un supuesto objetivo central, pero que en la realidad no se cumplen. Si este discurso fuese real los niños y niñas tendrían oportunidades para una vida saludable, con derecho a la educación, con acceso a los recursos necesarios para gozar de una mejor calidad de vida, nutrición y servicios de salud de calidad, mayor acceso a los conocimientos que nos ofrece el desarrollo de la ciencia y tecnología, mejores condiciones de trabajo para los padres de familia, protección contra el crimen y la violencia, horas de descanso más gratificantes y una mayor participación en las actividades sociales, económicas, culturales y políticas de la comunidad y la sociedad en su conjunto. Si de verdad queremos ofrecer amor y ternura a todos los niños y niñas peruanos, sin distinción de raza, género, posición social, económica y religiosa, tendríamos que vencer el más poderoso obstáculo para cualquier cambio profundo: el actual espejismo de progreso y bienestar. Este fenómeno tiene consecuencias materiales, porque efectivamente la riqueza crece, sobre todo entre los allegados tanto directa como indirectamente a los que ejercen el patrón del poder del Estado que impulsan el proceso reprimarizador de la economía, pero también tiene un efecto simbólico porque causa la ilusión en gruesos sectores de la población, que el crecimiento puede llegarles y eventualmente puedan ser partícipes del mismo. Como bien afirma Lynch (2014) el obstáculo, además se vuelve profundo porque tenemos la costumbre de vivir de sueños e ilusiones. El oro y la plata durante la colonia, el guano y el salitre a mediados del siglo XIX, el caucho a principios del siglo XX, la harina de pescado en la década de 1960, la minería y el gas hoy en día. Esta prosperidad engañosa y falaz al parecer forma parte de nuestro irresuelto ser nacional (Lynch, Nicolás, 2014). Ahora bien, mientras el humus social y cultural no cambie, mientras persistan las desigualdades y exclusiones tempranas, será casi imposible poder ofrecer espacios de amor y ternura a nuestros niños y niñas. Así se promulguen miles de leyes contra la violencia infantil, solo será una falsa ilusión. Por tanto, mientras se mantenga el espejismo de progreso y bienestar actual, en unas condiciones precarias porque se dan afectando el bienestar y la felicidad de los niños, niñas y en contra de lo que manda el propio proceso democrático. De ahí, que si algo no han podido combatir y erradicar los operadores políticos y tecnocráticos neoliberales es el profundo temor que tienen a la construcción de una masa crítica, a la movilización y a la expresión democrática de las poblaciones excluidas. Es por ello, que nos distraen con falsas coartadas, como por ejemplo que solo con leyes contra la violencia infantil, se resolverán los problemas estructurales del país. Los problemas estructurales de desigualdad, exclusiones tempranas y violencia contra los niños y niñas, ya no pueden ser resueltos por los gobiernos nacionales, solo con leyes y más leyes, ni mucho menos, con programas sociales asistencialistas focalizados. Si de verdad queremos ofrecer amor y ternura a nuestros niños y niñas, tenemos que luchar y educar a las presentes y futuras generaciones por una verdadera y radical transformación económica, social, política y cultural de nuestro país. Es por ello, que como decía Ernesto Che Guevara, para combatir este inaceptable estado de la cuestión –desigualdad, violencia y exclusiones tempranas-: “Hay que aprender a endurecerse, pero sin perder la ternura”. Proyecto, como decía José María Arguedas, hace “temblar” (Katatay) el presente. Convencido de la gran capacidad de asimilación y creatividad que el pueblo andino y amazónico han demostrado a lo largo de la historia, Arguedas considera que esos, y otros, valores –como el amor y ternura- pueden ser una contribución, en el Perú de hoy, para ponerse en el camino hacia una sociedad justa, fraterna, solidaria y verdaderamente democrática con el aporte de todos los peruanos. El resto son falsos espejismos y cuentos chinos. Lima, 18 de Agosto de 2014.

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